La era de la intervención militar estadounidense en Irak ha llegado a su fin. Washington ha confirmado la retirada completa de sus últimas tropas del país, concluyendo así la misión que se inició en 2014 con el objetivo primordial de combatir al grupo terrorista Estado Islámico. Esta decisión, que pone un punto final a una presencia militar que se extendió por más de dos décadas, desde la invasión de 2003, deja al Gobierno iraquí con la responsabilidad principal de la seguridad nacional.
Si bien Estados Unidos continuará brindando apoyo en materia de inteligencia y asistencia, la soberanía en la protección del territorio recae ahora enteramente en las fuerzas iraquíes. La salida de las tropas norteamericanas genera un panorama de incertidumbre y plantea interrogantes cruciales sobre la capacidad de Irak para gestionar su propia seguridad, especialmente ante la persistencia de milicias armadas con respaldo externo. El debate se centra en si el Estado iraquí está preparado para consolidar su control territorial y mantener la estabilidad sin la presencia militar directa de EE.UU.
Analistas y expertos militares, como el coronel retirado Alexander Krotter, señalan que, si bien la misión de derrotar al Estado Islámico se considera un éxito, la pacificación de Irak sigue siendo un desafío pendiente. La principal tarea para el Gobierno iraquí será ejercer un control efectivo sobre las diversas fuerzas armadas y asegurar la estabilidad interna. La comunidad internacional observa de cerca si Irak logrará contener a las milicias, preservar la paz y consolidar la autoridad del Estado sobre todo su territorio, marcando el inicio de una nueva y compleja etapa para la nación mesopotámica.

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